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Territorios líquidos, Judith Borobio

Sobre cómo lo efímero construye las formas tangibles

La exposición de Judith Borobio y Mikha-ez en AlCultura (Algeciras), comisariada por Magda Belloti, hasta el 8 de febrero

 

Texto: Fernando Castro Flórez

 

Los  dioses  (griegos)  nos  tienen  envidia,  contemplándonos  en  nuestra  condición efímera,  inquietos  y  (acaso)  felices,  deslizándonos  sobre  la  cresta  de  una  ola.  El humo que sube de los altares sacrificiales revela nuestra condición prometeica pero también indica que aquello que consumimos (para sobrevivir) es lo que marca la distancia con un cielo que fue dramáticamente cerrado cuando comenzamos a comprender que el hombre es lo más temible que habita la tierra.

 

 

 

 

Territorios líquidos, Judith Borobio

Territorios líquidos, Judith Borobio

Judith Borobio y  Mikha-ez  generan,  en  un  tiempo  desquiciado,  una  obra  artística  radicalmente intempestiva que les lleva a re-considerar la Naturaleza sin caer en planteamientos románticos o pintoresquistas.  Su material-memoria, en el  sentido  de  José  Ángel Valente, es el resultado de una fricción y también de unos singulares equilibrios. En una breve y poética meditación advierten que  “quizá  el  misterio  que  desprenden  las rocas tenga que ver con su propia materia, esa misma con la que se conforma el universo”.

 

Territorios líquidos, Judith Borobio

Territorios líquidos, Judith Borobio

En la instalación Cómo algo tan pequeño puede sostener algo tan grande, hacen que se mantenga en equilibro, gracias a  un  cable  de  acero,  un pequeño meteorito y una pumita de un volumen mayor. Esta singular “armonía” es, al mismo tiempo, una materialización de las tensiones y las escalas, una poética que entreteje lo pesado con la evocación de la levedad.

 

Como algo tan pequeño puede sostener algo tan grande, Mikha-ez

Como algo tan pequeño puede sostener algo tan grande, Mikha-ez

 

 

 

Territorios líquidos es un frottage realizado en las rocas al borde del mar, “una meditación sobre la mutabilidad del paisaje”. En el papel emerge la rugosidad del mundo y se produce una trasmutación de la solidez rocosa en una suerte de “fluidez” gestual. Estos artistas apelan a la disposición contemplativa del espectador, aluden directamente a la “curiosidad y asombro ante aquello que suele pasar desapercibido ante la mirada”. Con enorme sutileza generan  un  territorio  estético  que  lleva  desde  el  espacio  exterior  a  las  entrañas de la tierra, del mar a las piedras sobre las que el tiempo ha dejado huellas enigmáticas. Sin anécdota ni truco, con una poética que es tan conceptual cuanto estrictamente material, Judith Borobio y Mikha-ez nos ofrecen obras fascinantes que alegorizan lo mutable (oleaje marino, erupción volcánica, impacto de un meteorito). No hay en  ellos  rastros  de  imaginario  nihilista  ni  profetizan  ningún  cataclismo,  al  contrario, su poética equilibrada parece transmitir esperanza o, por lo menos, una confianza en el poder del arte, esto es, de la capacidad que tiene para transformar nuestra  forma  de  mirar.  En  esta  inmensa  y  a  la  vez  íntima  “poética  del  espacio” gozamos (estéticamente) del placer de lo efímero, de aquellos instantes en los que cae, como cantara Rilke, algo feliz.

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