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Entrevista

BEIS #4 | Entrevista a Olivia Arauna

Oliva Arauna

“Cómo galerista he aprendido y evolucionado tanto que sólo puedo dar las gracias a los artistas y al mundo del arte”

¿Qué te empujó a adentrarte en el mundo del galerismo?

En Valladolid quise montar una galería cuando tenía 21 años, pero no se llevó a cabo, afortunadamente. Si hubiera abierto una galería de arte en Valladolid, no habría abierto una en Madrid; si en Madrid lo que hago es difícil, en Valladolid habría sido imposible.

En los años 70 voy a Madrid, donde monto una galería llamada Oliva Mara con una socia a la que no conocía de nada. La sociedad resultó insostenible, así que comienzo a andar sola y, dos años después, abro una galería, sin cambiarle el nombre, porque a los artistas les daba miedo que yo cambiase el nombre. Hasta que me aceptan en una feria internacional en Frankfurt y decido que ya no podía ir con la galería del mismo nombre y lo cambio por Oliva Arauna.

¿Cómo viviste los años 70, los 80 y la crisis de los 90?

Vivimos en un país donde al principio todo el mundo te echa una mano. Mi galería fue la primera que se abrió después de la crisis de los 70 y por lo tanto el mundo de arte en España me acogió maravillosamente. Éramos unas chicas jóvenes, con mucha ilusión e interés. Me reía con mi socia y le decía: “ya, ya, nosotras sabemos lo que está puesto encima de la mesa, pero no podemos abrir un solo cajón porque no tenemos ni idea de lo que hay dentro”. Tuvimos que aprender desde cómo se hacía una factura en el mundo del arte, que no era exactamente igual, hasta cómo llevar a cabo los pactos verbales con los artistas…; en fin, muchas cosas.

En los 80, vendí bastante pero con precios de artistas muy jovencitos, por lo tanto, no dio para aguantar lo que nos cayó en los 90. La crisis de los 90 fue tremenda porque, sobre todo, fue una crisis de pensamiento. Siempre cuento una anécdota: en Claudio Coello [donde estaba antes la galería] trabajábamos tres personas, fumábamos muchísimo. Yo había días que decía: “¡qué barbaridad, lo único que hay en esta galería es humo!”. Y me contestaban: “claro Oliva, como no ha venido nadie, no se ha abierto la puerta”. Esto resume lo que sucedió en los 90: habíamos pasado de estar de moda –éramos tema de conversación: en una cena la gente comentaba que acababa de estar hablando con un galerista o que había comprado una obra de arte…- a ser de mal gusto. Nadie podía decir que había estado en una exposición porque aquello creaba bastante polémica.

La razón de esta vuelta a atrás es que no se había creado un poso, todo fue artificial.

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